LA LUZ.
Lo descartó fríamente. Pensó que el refugio a oscuras no era lugar adecuado para íntimos encuentros.
No pasó mucho tiempo para que las hormonas subliminales y perversas comenzaran a empujar el soma con desespero. Empujándolo a un abismo de desenfreno.
Aunque apegado a la inflexible ética de antaño, del monte en donde había crecido, se lamentó a mudas y a ciegas, cuando la mujer subió sus calzones y regresó a su litera en silencio. Ella arriba y él abajo. Así acostados, se depositaron en la separación.
Y el refugio a oscuras, con algunas respiraciones vagabundas, que daban señal ambigua de vivos que aun vivían.
Comenzó a pensar lo inevitable ¿Y si lo intentaba?, tan sólo un momento, nada más. El sudor hizo su acto de presencia, tan infame y salado como siempre. Las pupilas se dilataron con premura, ahora todo lo veían, y los sístoles se acercaban cada vez más a los diástoles.
Quedó con la mirada clavada en la tabla que sobre su cabeza, separaba su cuerpo y el cuerpo de aquella. Cerca y lejos por causa suya. En un borde de infinitas posibilidades, que se volvían nebulosas, intransferibles y amorfas.
La insignificante luz de su reloj de pulsera le anunció una madrugada que pisaba las dos con cuarenta y nueve minutos. ¿Y si lo intentaba? , si tan sólo se levantara y asomara una escondida doble moral ante ella. Ya era hombre, ya era hora de que lo hiciera. Pero estaban en el refugio.
¿Qué hay de los demás? ¿Las demás familias?, sabía que dormían ya. Sabía que en aquel lugar muy poco se movía a esa hora, que hasta las polillas dormían. Eran sus nervios los que se debatían en una contienda entre el ser y el hacer.
Se desarropó. Sintió su cuerpo ardiendo sin las sábanas. Minimizó el sonido de sus exhalaciones. No podía atreverse a despertar a alguien que no fuera ella. Ella arriba y el abajo. El la había rechazado, ella había callado, ella se había resignado, al descanso, quizás al enfado, quizás abandonando toda remota posibilidad de un vecino contacto.
No lo permitiría, Víctor, hijo de Fernando del Carpio, poseería a Ana. La poseería esa noche. Al levantarse su virilidad, salió del catre y se encaramó al encuentro furtivo.
El silencio dio paso a la impresión. Al estremecimiento, y al espasmo. El cuerpo de Ana no estaba sobre la cama, tan sólo el rosado colchón, y sus dos almohadas dispuestas a la espera de una cabeza que nunca se postró a descansar.
Una luz alumbraba la cama, una luz que rápidamente fue tragada por el techo. Para quedar nuevamente a oscuras, en la mayor de las penumbras. Ni sus pupilas dilatadas veían ahora.
Ana se dio por desaparecida. Era un supuesto embarazo, el móvil perfecto para dar explicación a su supuesta huida. Víctor Del Carpio sigue con sus pupilas dilatadas, hasta hoy. Nunca habló al respecto, hasta hoy.
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por Flóres Soláno.







